Ser y parecer



Apenas recuerdo el tiempo que llevaba despierto. Lo suficiente como para escuchar romper el  mar; lo necesario como para olvidarlo. Respiró fuerte, giró su cuerpo entre las sábanas y abrió los ojos. La habitación estaba irreconocible: ropa de mujer por encima de la butaca, su Armani en el suelo, algo de dinero asomando de dos o tres bolsillos y los libros, sus antiguos libros, apilados al fondo de la estantería.
Aún no sabía bien lo que hacía allí. No era por el dinero. Un cargo como el suyo podría mantenerlo durante algún tiempo alejado de esos cabrones que intentaban chuparle la sangre cada vez que lo tenían a tiro. Tampoco era por el sexo. No necesitaba mucho para conseguir un polvo decente cada semana. Y mucho menos por la fama. Su última novela lo había llevado a las portadas del sensacionalismo más puro y también más ridículo: el de sus propios amigos.
Quizás estuviera allí por él. Sabía que desde hacía tiempo llevaba el alma cosida a su camisa blanca y que, hecha jirones, lo estaba simbiotizando con el vértigo inocente de haber desangrado a tanta gente. Ya no era él. Por eso estaba allí. Por eso deseaba recordar su playa de niño y disfrutar de cualquier mañana por muy gris que fuera en su piedra, la misma que su padre había pintado para él unos años antes a unos pocos metros.
Ya no era él. Se había convertido en el enemigo público de todo el mundo, aunque para él todo el mundo fuera su único enemigo. Sus paranoias alimentaban los despertares más amargos de su vida y le hacían girar la cabeza en cada paso que daba de camino a la oficina. Se aferraba a su cartera como si fuera lo único que tuviera, y es que en realidad era lo único que le quedaba. Eso, y su casa en la playa. Allí había creado su mundo, su realidad. Allí se había trasladado a la ficción para salir de una infancia injusta. Allí había aprendido a confiar en la literatura como única forma de multiplicar la experiencia humana: fue explorador, pirata, marinero e incluso un salvaje indio capaz de devorar a los colonizadores más sofisticados.
Pero la ironía lo sacó de esa burbuja. Porque él fue el devorado y el perdedor de sus batallas. Porque la literatura fantástica pasó a ser su novela fácil anual. Porque ahora, volvía a esa playa con la intención de encontrar la fe en su mundo, en su realidad. En él.

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