En un mundo en el que vivir corriendo es una práctica asentada, y no tanto una actitud de cobardes, la vida es lo único que parece tener una prima de riesgo: la felicidad; o la infelicidad según como lo vean. Parece ser que entre todos nosotros hemos llegado a un acuerdo no hace mucho tiempo (tras el abandono de la caverna) de ser unos empedernidos del contrarreloj. Nos encantan las pruebas cronometradas en cada época, siglo, año, día y hora de nuestras vidas. Vivimos el vértigo, el infarto diario. Nos sobrecargamos cada vez más, cuando lo que deseamos es bajarnos del mundo. Pero lo peor es que nadie ha encontrado aún el botón rojo de stop.
Muchas veces, lo único que se olvida de la vida del artista es su propia vida. Habitualmente, es la más necesaria; otras, es imprescindible, como el caso del músico checo Gustav Mahler. Cuando has visto morir a tres de tus hermanos, a tus hijas y por supuesto, a tus padres, la muerte deja de tener muchos secretos para ti. Si cogen algún manual sobre la biografía de este desdichado hombre leerán que su vida fue eso: desdichada, perturbada y disonante, nunca mejor dicho. En realidad, parece ser que Mahler sí encontró ese botón rojo que permite pararlo todo. Y lo encontró en una pequeña habitación de su casa, mientras sus padres, sumidos en el fracaso se tiraban los trastos a la cabeza por encima de las de sus hijos. En uno de esos momentos en que la situación familiar del entonces niño prodigio dejaba ver su peor, y única cara, descubrió al fondo de esa pequeña habitación, una pequeña caja de música oculta que hacía sonar la melodía más bella que nadie hubiera escuchado nunca (una canción típica austriaca).
Si ustedes piensan que este podría ser el arranque de una entrañable película con tintes infantiles, se equivocan. Suerte tuvo Mahler de encontrar algo así, porque de no ser por ello, habría acortado mucho sus años de vida. La desgarradora situación familiar se transformó años más tarde en infidelidades por parte de su esposa, en traiciones por parte de sus amigos y en fanfarronerías por parte de aquellos que juraban ser seguidores de su obra.
Su mujer Alma Schlinder, a la que declaró en las calles nevadas de Hamburgo que casarse con él no era una decisión fácil, tomó un atajo ante los problemas conyugales cuando conoció a Walter Gropius. Aunque, al parecer, la vida con Mahler tenía más tensión que el piano nuevo de Jerry Lee Lewis.
Sus amigos, sus compañeros de profesión, fueron hábiles cazatesoros otorgándose entre ellos méritos de valores vacíos: reconocimientos y premios que, a modo de regalo navideño, se nominaban y pasaban de unos a otros (parece ser, que ya entonces estaba de moda). Ante esto, Mahler tomaba la actitud más sincera. Sus palabras incomodaban la vanagloria de muchos y lo alejaban de la amistad de todos. Según él, “su hora llegaría en algún momento”, y parece ser que la historia hizo justicia. Olvidó a estos falsos enemigos y revisa continuamente la figura del checo y su capacidad para crear. Porque a pesar de todos estos contratiempos, Mahler dirigía filarmónicas en New York, en Viena, en Hamburgo y trabajaba en continuos encargos.
Pero fue el descubrimiento de ese botón rojo de niño, de esa capacidad para abstraerse de todo cuanto le rodeaba, lo que le salvó de una locura acentuada. Construyó una pequeña cabaña en Steinbach junto al lago austricao de Attersee en la que se autodesterraba y se entregaba a la actividad que lo había movido desde su infancia: la música. No había relojes ni horarios. Los únicos tiempos los marcaba él en sus partituras. No existían relaciones, engaños o aspectos sociales que lo diezmaran como el amargo mundo exterior. No era nada más que él y su papel.
Sus amigos, sus compañeros de profesión, fueron hábiles cazatesoros otorgándose entre ellos méritos de valores vacíos: reconocimientos y premios que, a modo de regalo navideño, se nominaban y pasaban de unos a otros (parece ser, que ya entonces estaba de moda). Ante esto, Mahler tomaba la actitud más sincera. Sus palabras incomodaban la vanagloria de muchos y lo alejaban de la amistad de todos. Según él, “su hora llegaría en algún momento”, y parece ser que la historia hizo justicia. Olvidó a estos falsos enemigos y revisa continuamente la figura del checo y su capacidad para crear. Porque a pesar de todos estos contratiempos, Mahler dirigía filarmónicas en New York, en Viena, en Hamburgo y trabajaba en continuos encargos.
Pero fue el descubrimiento de ese botón rojo de niño, de esa capacidad para abstraerse de todo cuanto le rodeaba, lo que le salvó de una locura acentuada. Construyó una pequeña cabaña en Steinbach junto al lago austricao de Attersee en la que se autodesterraba y se entregaba a la actividad que lo había movido desde su infancia: la música. No había relojes ni horarios. Los únicos tiempos los marcaba él en sus partituras. No existían relaciones, engaños o aspectos sociales que lo diezmaran como el amargo mundo exterior. No era nada más que él y su papel.
Es posible que el asilamiento no sea la solución capital para acabar con una vida contrarreloj. Es posible que sea solo la ataraxia de los románticos. Incluso que sea una forma de alejarse del problema más que un intento por solucionarlo. Pero Mahler, con una cabaña, consiguió acabar con su estrés personal, el que vivió desde niño y el que lo esperaba en su madurez. Aún así fue desdichado y siempre se recordarán los socavones de su vida. Un lugar tan real como sus problemas; tan ficticio como el espacio que ocupaban en su mente. Pero él, en su cabaña junto al lago, encontró su forma de parar el mundo. De poner en marcha el suyo.
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