Hogar


En los largos recorridos, en los eternos viajes, en las travesías desconocidas, en las rutas por la montaña o incluso en las más cómicas aventuras, siempre hay un comienzo. Un origen. Una incertidumbre.
Los preparativos suelen poner los nervios a flor de piel. Las botas están sucias, las maletas deshechas, la cámara de fotos descargada y mi libreta negra aún no ha aparecido desde la última vez que dibujé en ella. Pero a pesar de que no hay escapatoria y el comienzo de nuestra aventura se acerca siempre impasible, un rechazo por dejar lo desconocido surge en los instantes previos a la despedida. Aunque  marchar suponga pasar una tarde de domingo por el campo o una temporada en la costa italiana, nuestro hogar siempre, en el último momento, nos llama como si soltara una agonía definitiva. Y nos sentimos más de allí que nunca.
Quizás el comienzo sea difícil. Descolocados, desorientados comenzamos a movernos en un terreno distinto, al que, en principio no pertenecemos. Lo ajeno se convierte en hostil, y cualquier molestia es el blanco a una crítica mordaz que no da tregua ni oportunidad. Se sucede lo anodino y lo cotidiano en sus términos más derrotistas. Se prolonga lo absurdo y lo desesperanzado en su sentido más literal. Y aún así hay siempre un intento por encontrar el sentido a ese marchar. No importa lo escarpado que sea el terreno, ni los trasbordos que haya que hacer. No importan los días grises ni la soledad en el bullicio más agitado.
Porque en el momento más inesperado, o en el más deseado, la maleza se dispersa y consigo llegar a la cumbre de la ruta, más arriba de las nubes. Vale la pena el cansancio de mis piernas y el calambre que recorre toda mi espalda. Me encuentro en el destino; en mi destino; en mi lugar. Descubro que la meta estaba allí, esperándome mientras me sentía despojado de mi hogar, mientras hacía la maleta y me aferraba a lo conocido.



Y ahora sé con certeza que mi verdadero hogar reside allí . . .

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