La arquitectura de Eduardo Souto de Moura ha conservado la sencillez, tenacidad y decisión desde sus primeras obras. En sus casas ya se aprecia como el arquitecto portugués no duda al proyectar un espacio constituido por materialidades muy distintas: un muro de piedra continuo interrumpido por un vidrio y un paramento blanco. Es una arquitectura sin retrocesos, sin inseguridades y directa a la percepción espacial del hombre.
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¿Espectáculo o ingenio?
Por:
Gonzalo Basulto
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ARTÍCULOS
Vivimos en la cultura de la imagen. Todo el que quiere vender su producto ha de poseer una imagen atractiva que convezca al consumidor: Coca Cola, Apple y McDonalds luchan por los lugares más emblemáticos de cada gran ciudad para instalar sus símbolos; Nike y Adidas por comprar al deportista con mayor tirón y el autónomo enfrascado en su ordenador da salida a sus productos con imágenes en Facebook o Twitter. En este tornado de información, se encuentra la arquitectura, que hoy más que nunca se vende con imágenes.
El bueno de Saúl
Por:
Gonzalo Basulto
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ARTÍCULOS,
DIBUJOS
Una noche de verano en Castilla. La plaza mayor llena de gente; los niños corriendo, los abuelos charlando. Luz candente sobre las mesas de las cafeterías. Gentío. Algarabía. Y un cuaderno para niños ilustrado por Saúl Bass sobre mis piernas.
Nació en la ciudad de los sueños, Nueva York, en esos locos años 20. Estudió arte en Brooklyn de la mano de Gyorgy Kepes, un diseñador húngaro influenciado fuertemente por la Bauhaus y los ratos libres compartidos con Laszlo Moholy-Nagy en Berlín. Años después fue la industria de Hollywood la que lo descubrió. Bass se dedicó al diseño de carteles para películas de directores como Martin Scorsese o Alfred Hitchcock. En todos ellos estaban presentes los colores planos contrastados, las figuras libres, el trabajo artesanal a mano y las composiciones geométricas.
Alexander Calder. Dibujos de alambre
Por:
Gonzalo Basulto
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ARTÍCULOS,
DIBUJOS
Antes de que los móviles le convirtieran en una celebridad artística, Alexander Calder era un americano en París. Un joven ávido de experimentaciones artísticas y de fiesta al más puro estilo de los años veinte. Pero por entonces, las figuras circenses ya rondaban en su imaginación.
Durante su estancia en París comenzó a jugar con alambres, madera y jirones de tela para componer criaturas que serían el germen de esas figuras circenses a medio camino entre el arte y la diversión: era el Cirque Calder. Pasó del lápiz al alambre, haciendo de éste su inseparable herramienta de dibujo. Muchas de sus creaciones son imágenes de la vida del París de aquella época, como Josephine Baker o Kiki de Montparnasse.
Refugios
Por:
Gonzalo Basulto
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ARTÍCULOS,
PUBLICACIONES
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Hace tiempo, el estudio de arquitectura AEIOU Arquitectos lanzó Ersilia, un fanzine cultural independiente para la publicación de artículos relacionados con el fascinante mundo del arte y la arquitectura. Conocí a José Antonio Lozano García, fundador de este estudio, cuando se convirtió en mi profesor de dibujo en la educación obligatoria y para mí, lo de estudiar arquitectura era todavía una utopía pero un deseo muy ferviente. En aquellos años él me abrió la ventana a infinitud de arquitecturas distintas, arquitectos, temas, tardes devorando libros que hablaban del movimiento moderno, y ahora también a desarrollar lo aprendido en mi primera publicación.
Mentiras que parecen verdades
Por:
Gonzalo Basulto
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ARTÍCULOS
Mentiras que parecen verdades. Verdades que no son más que mentiras. En estos tiempos que corren en los que los representantes han perdido la credibilidad de los representados y los ilusos se han exiliado muy lejos, me pregunto qué podremos hacer mi generación con la peor herencia recibida sin una guerra. Aceptar la realidad que nos llega sin más está claro que no es una opción. Quizás la innovación, la tecnología o la creatividad nos salven individualmente de las tragedias personales que han dejado al descubierto a esa clase media que creyó haber superado sus problemas, pero sin duda hay algo más.
Desahucios, privatizaciones, embargos son causas del miedo. El verdadero problema está en la confianza perdida y en el temor a que unos señores de negro hablando un inglés americano, alemán o chino nos quiten todo cuanto teníamos y cuanto nuestros antecesores ganaron con trabajo, gritos, protestas y valentía. La misma valentía que ahora llama a tu puerta para que dejes lo que estés haciendo, cambies tu cara y te creas que sí, que sí que puedes convertir tus aspiraciones y tus quehaceres en el mejor día a día.
Dos manos
Por:
Gonzalo Basulto
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ARTÍCULOS
“Eso lo podría hacer yo con mis propias manos” Si has tenido la oportunidad de participar en un debate, mesa redonda, divagación, discurso, charla, coloquio, soliloquio o conversación de patio sobre arte moderno es más que probable que uno de los participantes haya soltado esta conclusión. Si su conocimiento sobre el tema está más experimentado, entonces se atreve con su hija o sobrina de 3 años, que en el colegio ya dibuja y colorea cosas más complicadas. Bien, a decir verdad, este sujeto tiene razón en un 95 % de los casos, ya que muchos de los artistas que “se cuelgan” en los museos paralizaron su actividad mental a esa edad y hacen gala de ello en salas no poco conocidas de todo el mundo.
Que Malevich pintara un “Cuadrado blanco sobre fondo blanco” no fue una casualidad; sin embargo, que un artista base toda su obra en este cuadro, que haga caja cada día de ello y que lo venda con marca propia, sí. Que se inventaran las performance como forma de hacer evolucionar el arte, incluyendo imágenes, vídeos y movimiento no fue una casualidad; que un artista lo utilice para difundir las imágenes de un animal muerto de hambre, sí. Que se trate de avanzar en la labor del arte en nuestros días nunca es algo fruto del azar; pero el oportunismo siempre lo será, por ser una desviación más de las tendencias de cada momento.
Hace casi un año, el Museo Guggenhein de Bilbao recogía una exposición del escultor indio Anish Kapoor. Hoy, entrar en un lugar así es no saber qué te vas a encontrar y solo a veces con qué te van a sorprender. En ese caso la sorpresa fue constante. La muestra no te permite cerrar los ojos. Las esculturas blancas salen de la pared y desaparecen en ella según te mueves, el color amarillo se hace protagonista y hace que tú desaparezcas en él, las sensaciones espaciales se trastocan y hay un margen muy amplio para jugar con tu imaginación: una roca con un rectángulo azul alejada está escavada de cerca; en un espejo hay tres reproducciones de ti mismo distintas y en una pared en la que acaba el museo se abre una boca de color. Y mientras estás perdido, un cañonazo que lanza una bala de color rojo intenso. Nada está previsto, pero al parecer todo lo está.
Quizás la nueva evolución del arte vaya por este camino. Quizás haya que volver a depurar la forma de entenderlo. Quizás sea eso lo que se nos pide en tiempo de crisis y quedarnos con lo básico, prescindiendo de formas o colores. Quizás, la corrupción de los oportunistas haya que liquidarla con más fuerza que en la política.
En cualquier caso, sea cual sea la respuesta, la solución está siguiendo la afirmación con la que comienza esta entrada y “hacer algo con mis propias manos”.
La casa del lago
Por:
Gonzalo Basulto
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ARTÍCULOS
En un mundo en el que vivir corriendo es una práctica asentada, y no tanto una actitud de cobardes, la vida es lo único que parece tener una prima de riesgo: la felicidad; o la infelicidad según como lo vean. Parece ser que entre todos nosotros hemos llegado a un acuerdo no hace mucho tiempo (tras el abandono de la caverna) de ser unos empedernidos del contrarreloj. Nos encantan las pruebas cronometradas en cada época, siglo, año, día y hora de nuestras vidas. Vivimos el vértigo, el infarto diario. Nos sobrecargamos cada vez más, cuando lo que deseamos es bajarnos del mundo. Pero lo peor es que nadie ha encontrado aún el botón rojo de stop.
Muchas veces, lo único que se olvida de la vida del artista es su propia vida. Habitualmente, es la más necesaria; otras, es imprescindible, como el caso del músico checo Gustav Mahler. Cuando has visto morir a tres de tus hermanos, a tus hijas y por supuesto, a tus padres, la muerte deja de tener muchos secretos para ti. Si cogen algún manual sobre la biografía de este desdichado hombre leerán que su vida fue eso: desdichada, perturbada y disonante, nunca mejor dicho. En realidad, parece ser que Mahler sí encontró ese botón rojo que permite pararlo todo. Y lo encontró en una pequeña habitación de su casa, mientras sus padres, sumidos en el fracaso se tiraban los trastos a la cabeza por encima de las de sus hijos. En uno de esos momentos en que la situación familiar del entonces niño prodigio dejaba ver su peor, y única cara, descubrió al fondo de esa pequeña habitación, una pequeña caja de música oculta que hacía sonar la melodía más bella que nadie hubiera escuchado nunca (una canción típica austriaca).
Si ustedes piensan que este podría ser el arranque de una entrañable película con tintes infantiles, se equivocan. Suerte tuvo Mahler de encontrar algo así, porque de no ser por ello, habría acortado mucho sus años de vida. La desgarradora situación familiar se transformó años más tarde en infidelidades por parte de su esposa, en traiciones por parte de sus amigos y en fanfarronerías por parte de aquellos que juraban ser seguidores de su obra.
Su mujer Alma Schlinder, a la que declaró en las calles nevadas de Hamburgo que casarse con él no era una decisión fácil, tomó un atajo ante los problemas conyugales cuando conoció a Walter Gropius. Aunque, al parecer, la vida con Mahler tenía más tensión que el piano nuevo de Jerry Lee Lewis.
Sus amigos, sus compañeros de profesión, fueron hábiles cazatesoros otorgándose entre ellos méritos de valores vacíos: reconocimientos y premios que, a modo de regalo navideño, se nominaban y pasaban de unos a otros (parece ser, que ya entonces estaba de moda). Ante esto, Mahler tomaba la actitud más sincera. Sus palabras incomodaban la vanagloria de muchos y lo alejaban de la amistad de todos. Según él, “su hora llegaría en algún momento”, y parece ser que la historia hizo justicia. Olvidó a estos falsos enemigos y revisa continuamente la figura del checo y su capacidad para crear. Porque a pesar de todos estos contratiempos, Mahler dirigía filarmónicas en New York, en Viena, en Hamburgo y trabajaba en continuos encargos.
Pero fue el descubrimiento de ese botón rojo de niño, de esa capacidad para abstraerse de todo cuanto le rodeaba, lo que le salvó de una locura acentuada. Construyó una pequeña cabaña en Steinbach junto al lago austricao de Attersee en la que se autodesterraba y se entregaba a la actividad que lo había movido desde su infancia: la música. No había relojes ni horarios. Los únicos tiempos los marcaba él en sus partituras. No existían relaciones, engaños o aspectos sociales que lo diezmaran como el amargo mundo exterior. No era nada más que él y su papel.
Sus amigos, sus compañeros de profesión, fueron hábiles cazatesoros otorgándose entre ellos méritos de valores vacíos: reconocimientos y premios que, a modo de regalo navideño, se nominaban y pasaban de unos a otros (parece ser, que ya entonces estaba de moda). Ante esto, Mahler tomaba la actitud más sincera. Sus palabras incomodaban la vanagloria de muchos y lo alejaban de la amistad de todos. Según él, “su hora llegaría en algún momento”, y parece ser que la historia hizo justicia. Olvidó a estos falsos enemigos y revisa continuamente la figura del checo y su capacidad para crear. Porque a pesar de todos estos contratiempos, Mahler dirigía filarmónicas en New York, en Viena, en Hamburgo y trabajaba en continuos encargos.
Pero fue el descubrimiento de ese botón rojo de niño, de esa capacidad para abstraerse de todo cuanto le rodeaba, lo que le salvó de una locura acentuada. Construyó una pequeña cabaña en Steinbach junto al lago austricao de Attersee en la que se autodesterraba y se entregaba a la actividad que lo había movido desde su infancia: la música. No había relojes ni horarios. Los únicos tiempos los marcaba él en sus partituras. No existían relaciones, engaños o aspectos sociales que lo diezmaran como el amargo mundo exterior. No era nada más que él y su papel.
Es posible que el asilamiento no sea la solución capital para acabar con una vida contrarreloj. Es posible que sea solo la ataraxia de los románticos. Incluso que sea una forma de alejarse del problema más que un intento por solucionarlo. Pero Mahler, con una cabaña, consiguió acabar con su estrés personal, el que vivió desde niño y el que lo esperaba en su madurez. Aún así fue desdichado y siempre se recordarán los socavones de su vida. Un lugar tan real como sus problemas; tan ficticio como el espacio que ocupaban en su mente. Pero él, en su cabaña junto al lago, encontró su forma de parar el mundo. De poner en marcha el suyo.
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